Entradas

Todavía sigo por ahí.

Imagen
  No soy muy aficionado a internet. No tengo redes sociales y de no ser porque busque una información determinada apenas me conecto fuera de las horas de trabajo. Pero eso no significa que no exista en las redes. Así, tengo una página web que utilizo como escaparate de mis obras publicadas y un par de blogs activos además de otro inactivo (Luz Difusa) que no me decido a eliminar porque me trae buenos recuerdos de la época en la que estrené la obra de teatro homónima. Si ahora me decido a escribir sobre un aspecto relacionado con lo digital es porque me sorprendió la afirmación de uno de mis alumnos en clase. "Sabes, el otro día me aburría y vi tu entrevista".  Me quedé con la mosca detrás de la oreja. Le pregunté que a cuál entrevista se refería y me explicó de lo que hablaba en ella. La recordé, también el momento en que se grabó. Ciertamente he de reconocer que si salió tan espontánea es porque desconocía que en ese momento me grababan. Sí, es cierto, delante de mí había un...

Hum! Breve disquisición entre el arte novelesco y la tortilla de patatas

Imagen
Normalmente estoy de buen humor. Hoy estoy de un humor aceptable. Mi humor mejorará en breve pues desde la cocina llega el olor de una tortilla de patatas con pimientos rojos que prepara mi mujer. Probablemente las tortillas de mi mujer sean, en comparación, mucho mejores que mis libros. Pero yo no sé hacer tortillas de manera que debo conformarme con escribir libros. Los libros no son tan nutritivos, ni siquiera suelen tener la mitad de huevos de una tortilla de seis huevos. A pesar de ello, hay seres humanos, semejantes a mí, que andan sobre dos piernas y que tienen el cuerpo implume que prefieren una novela a ese maravilloso producto culinario orgullo de la cocina española y europea. ¡Allá ellos y su conciencia! Dicho esto, se ha de reconocer que la tortilla española (en sus diferentes variedades) y las novelas tienen diversos puntos en común que no deben pasarse por alto.  Por ejemplo, las dos necesitan de que el maestro que las produce tenga buen pulso, un orden mental adecuad...

NOS VEMOS EN EL INFIERNO (segunda parte:final)

Al principio no comprendí el enfado de José. Me había fijado en como la cesta salió rebotada y luego de volar unos metros quedó tumbada boca abajo. Poco después nuestro guía se agachó y pasó la mano sobre la tierra removida del bosque. Entonces empecé a entender lo que había sucedido. Al mirar hacia delante comprobé que todo el suelo del bosque estaba "peinado", vuelto del revés en unos surcos que habían arrancado cuanto formaba el manto vegetal.  Estaba claro, ese día no cogeríamos "rovellons", níscalos, pero eso carecía de importancia. En realidad habíamos salido a dar un paseo por el pinar. Si, además, conseguíamos unas setas, mejor que mejor pero si volvíamos de vacío no pasaba absolutamente nada.           - Lo han jodido todo, los muy cabrones. Entonces él nos explicó, como algunas brigadas de delincuentes se organizaban en grupos, montaban en furgonetas y armados de rastrillos expoliaban todos los montes para cargar doscientos o trescientos...

NOS VEMOS EN EL INFIERNO (primera parte)

Imagen
Cuando uno era tiernamente joven ( y no solo de espíritu, es decir, de boquilla), de eso hace ya unos cuantos años, un grupo musical español, vasco para más señas, que respondía al nombre de Dinamita pa los pollos, popularizó una canción sencilla y pegadiza, sin más pretensiones que gustar y ser bailada por todos. De su letra, más allá de las cuatro palabras que conforman el título,  hasta el día de hoy, en que he acudido a Internet, no guardaba absolutamente ningún recuerdo pero su estribillo se repite, contra mi voluntad, en mi mente con machacona insistencia:  Nos vemos en el infierno . Se repite mientras contemplo como los albañiles trabajan frente a mi despacho, al otro lado de la calle, lo hacen provistos de guantes y mascarillas reglamentarias para protegerse del aliento de sus compañeros.  Se repite mientras leo las cifras que hace oficiales el gobierno y que, seguramente a la baja, hacen referencia a los estragos que la pandemia genera. Se repite mi...

HIKIKOMORI

Esta misma tarde, mientras contemplaba el pedazo de calle que se observa desde el despacho, he descubierto una escena que imaginaba extraña, excepcional y que, después de consultar algunas fuentes de información, no lo era tanto. Me refiero al hecho de que un niño no quería permanecer en la vía pública, aprovechar ese espacio de tiempo que se les permite a los más pequeños para relajarse del confinamiento a que han estado sometidos durante semanas. Para cuando escribo estas líneas ya hace unos días que a los niños se les permite salir. Sin embargo, mi infantil protagonista tira con fuerza de la mano de su progenitor y patalea para regresar a casa, para volver a encerrarse en su minúsculo cuarto.           Hikikomori. En Japón, alrededor de dos millones de personas (en su mayor parte jóvenes) viven recluidos en sus viviendas, en sus dormitorios. Son los Hikikomori. Permanecen durante años aislados del mundo, sin atreverse a interaccionar con su sociedad, con s...

Cargols (caracoles) a la llauna

Imagen
En una de las esquinas de la selva meridional (sur-sudoeste) que cierra la espalda de mi hogar, hay, casi engullida por los ímpetus de la primavera, una vieja y desusada caseta de perro. Sí, es cierto que, para el día en que se escriben estas líneas, tan solo una de sus esquinas queda oculta por la enredadera, pero no es  necesario poseer un título de la Universidad de Cambridge, como ingeniero forestal, para intuir que, antes de que la estación termine, la madriguera quedará sepultada bajo un lecho de hojas de hiedra.           Muy de vez en cuando me asomo a la caseta. No es fácil llegar hasta ella. Y no guarda nada especial para la familia. Es solo un mueble: mi perro (su legítimo propietario) no la utilizó nunca porque le parecía más oscura que el salón de casa y, sobre todo, porque prefería estropearnos el mullido estampado del sofá a dormir sobre la fría madera de su suelo.           Sé que no todas las criaturas de l...

Un grifo que gotea

Imagen
Una gota cae del grifo cerrado del jardín            En una de mis obras de teatro, El cuaderno de Elisa , el eje central de la obra, lo que marca el transcurso del tiempo - y de paso le da al texto un aire de circularidad- es un grifo. En concreto, un grifo que gotea.           Poco podía imaginar yo, en el momento de escribir aquellas páginas teatrales, que un nuevo grifo, esta vez real, no imaginado, el del jardín de mi casa, iba a catalizar mi relación entre el papel y la pluma, una Faber Castell que alguien me regaló, con la que escribo.           El asunto del grifo empezó cuando un gorrión se posó a unos pocos metros de la tumbona (desde la cual contemplaba como el cielo azul de finales de abril se abría paso a codazos entre los maleducados nubarrones de estos días) sobre el grifo del jardín. El gorrioncillo se acicaló las alas, me miró y estudió. Quizás meditaba, en su certera intuició...